UN ENVÍO POSTAL PARA REPRODUCIR INDUSTRIALMENTE

Tercera parte

Nada más faltaba para completar la mañana que tener que aceptar ese café con azúcar. 

Mi prueba reina en el inglés hasta el momento son las tiendas, de pasajes o café, las que sea que me encuentre en las estaciones del tren -perfectamente considerado como el precursor de la cultura estadounidense, su aborigen más destacado-. 

Bien sea porque los vendedores parecen cargar a cada segundo con un afán prematuro inspirado por los cien trenes que llegarán a la estación en el transcurso del día, o porque en mi momento de ordenar traigo conmigo un presentimiento trágico de que ya perdí el tren de mañana sin siquiera haber comprado el tiquete de hoy, resulta que comprender hasta las más básicas expresiones en inglés se convierte siempre en una verdadera odisea. 

Pero hoy hice el esfuerzo de hacerme entender y sobre todo porque no exagero diciendo que era un asunto de vida o muerte. Traté de reunir la mejor parte de mis habilidades adquiridas durante mis meses de principiante en este lugar, en el cual he recogido un buen repertorio de acentos latinos, indoneses y norteamericanos, para pronunciar con toda seguridad la instrucción correcta: “Please, my coffee without sugar… yes, not ‘ssshugarrr’”. 

Pero al final algo pasó, y era que la mujer que me vendió el café tenía dibujado en su mano derecha uno de esos tatuajes Hindúes, que una vez me ofrecieron por dos mil pesos en Bogotá, y el contorno de sus ojos maquillados como los del mismo Brahma; en otras palabras, en su acento hindú mi voz acentuaba lo directamente contrario. 

A pesar de esta reciente derrota que significa el debilitamiento de una de mis más estrictas fronteras, y que además perdí el tren, o peor, quizá compré un tiquete para un tren que ya se había ido, puedo decir que, aunque con retraso, logré llegar a Lansdale de nuevo, y eso se merece un canto de victoria. 

Además en la espera por el siguiente tren, que fue de 56 minutos, mirando el alboroto metódico de la gente, tuve un descubrimiento súbito que esta misma mañana corrobore en Google: mientras la primera línea de ferrocarril en los Estados Unidos fue inaugurada en 1829, nosotros esperamos hasta 1837, cuando en Cuba las frutas y el Tabaco gozaron la inauguración de la primera línea construida en Latinoamérica. Lo que quiere decir que después de todo fue el tren el primero en llegar tarde, para defensa de nuestro caso.

Pero al igual que las mejores victorias, siempre hay alguien más con quien compartirlas. Y hoy fue con mi nuevo amigo Sheldon, quien estuvo monitoreando desde su celular y pendiente para llevarme de la estación hasta la oficina. Si con la palma de las manos se pudiera percibir el sabor del estado de ánimo de una persona, al estrecharnos las manos con el saludo, él habría sabido que hoy llegaba con la emoción agridulce. 

Una paleta de emociones ha usado esta experiencia de vivir lejos de casa para pintarme de sabores de toda clase: agridulces, ácidos, picantes -a veces muy picantes-, amargos, dulces, umamis…

Y comienzo a sospechar, en esa situación de estar sentado en una silla de Suburban Station, viendo pasar los trenes frente a mí y cómo una mariposa café se anda golpeando con la viga desde donde sale el aire acondicionado, que en el fondo escondo una fascinación por esta incapacidad de pronosticar qué exactamente sucederá en mi futuro más inmediato. 

Si se vale esperar más de lo mismo yo paso la prueba. Porque sería lo mismo que esperar más de momentos como el de hoy en el que he sabido qué es sentirse totalmente perdido en un espacio de apenas diez metros cuadrados y con sólo dos opciones de camino; tener que debatirme entre las fronteras de todo el mundo, incluyendo las mías; tener el consuelo de amigos, que si bien no siempre están a mi lado no obstante siempre andan conmigo; y estar susurrando repetidamente hacia mi interior, que es también una manera de hacer un envío postal, “Jesús, Gracias porque sé que estoy aprendiendo”.

Una foto narrada que sí viene al caso:

NEW JERSEY, 11 pm, en alguna playa, bajo algún puente. 

Estamos pescando con Carlos, César y Kevin, salvadoreños, amigos de la iglesia Menonita Centro de Alabanza, quienes me han invitado repentinamente a venir con ellos en un viaje de dos horas, y yo, siempre dispuesto y a la orden, he dicho que sí. 

A estas alturas ya abandoné la tarea y me dedico a escuchar desde la playa el movimiento de las olas. Entonces miro hacia mi izquierda y la luna se descubre de las nubes. Camino hacia esa parte de la playa y me detengo en la orilla. Entonces con mis ojos comienzo a observar un monstruo de dimensiones titánicas. La luz de la luna toca el fondo del horizonte trazando una alfombra de plata sobre las aguas hasta mi orilla. Ahí yo puedo ver todo el océano y escuchar cómo crujen las olas. Me estremezco, me asusto, me maravillo. 

Autor: B. Javier Márquez