Capítulo 5

 

MOMENTOS MÁGICOS

El frío me está dando una tregua de dos semanas. Pienso que se debe ser muy nostálgico para considerar que en ciertos grados del frío se puede acariciar el clima del hogar lejano. Y eso fue lo que sentí ayer en la mañana viajando por los campos de Akron, Pennsylvania, en retiro con MCC. Fue un viaje de película, con palomitas de maíz y todo. Yo en las sillas traseras de una van, compartiendo asiento con Theofilo, mi grande y ocurrente amigo Theofilo, que siempre parece traer toda la alegría y ocurrencia de su país que es Chad, mezclado con tanta sabiduría detrás de esos lentes de montura delgada. 

Foto con mi amigo Theofilo.
Foto con mi amigo Theofilo.

Pues desde ese asiento podía ver yo cómo la neblina cubría las laderas de los campos recién cegados; se comía las granjas del fondo -que parecen de película o de libro-, y le daba un ritmo de lentitud sosegada y profundamente silencioso al viaje del automóvil. La neblina siempre ha estado conectada conmigo desde muy niño. En ese camino recordé mis primeros años de vida, en San Nicolás, Suacha, madrugando a las 5 para salir tempranito a estudiar en una de las escuelas del pueblo, desayunando aguapanela con limón, pan hojaldrado, francés, blandito o rollo, de vez en cuando arepas -cuando se estaba de suerte- y dándole músculo al plato con unos huevitos tibios, fritos o batidos. 

El día madrugado, mi maleta pequeña de Mickey Mouse, mi lonchera que nunca podía ser papas porque mi mamá decía que era lonchera y no galguería, pero que sí podían ser snacks de arepitas, los cuales por algún motivo de sabiduría materna, eran más saludables y alimenticios que las típicas papas margaritas o Súper Ricas. 

A esa mañana nunca le faltaba la neblina. Yo, normalmente acompañado de mi mamá o de mi hermana, pues cuando era muy pequeño tenía que ser acompañado por mi mamá, que sufría el frío, y cuando cumplí los 7, aproximadamente, y mi hermana tenía 5 y ya asistía a la escuela conmigo, pues nos acompañamos mutuamente; en esas mañanas nunca faltaba la neblina, que provenía del río, tan blanca y fría, limpia y pura. Era lo más cercano a la nieve que yo conocía, pero la diferencia es que ésta se desplazaba por el aire, cubriendo la atmósfera, envolviendo todo con su abrazo húmedo y fresco, mientras que la nieve se planta en el piso y se vuelve una especie de tapete natural que congela. 

Foto de la neblina colombiana: Pereira.
Foto de la neblina colombiana: Pereira.

Ayer veía la neblina y fue el momento más cercano de casa que he tenido en los últimos 5 meses, a excepción de cuando encuentro buen café o buena salsa. Ésta era una neblina sin montañas y sin contacto, pero con sólo verla podía sentir la congoja del cariño. 

Luego nos bajamos del carro, nos apeamos -como dicen las traducciones hispanas de los libros británicos- y ya llovía, pero sin frío. O mejor dicho, con frío a la colombiana, que suele ser más decorativo que ontológico. Cuando ha habido gente que muere de frío en la zona de Colombia por donde vivo, suele existir una reacción de horror de las personas donde a la vez se siente dolor ajeno, que es una forma escondida para decir lástima, pero también un espacio de incomprensión, como un hueco no explorado que se alberga en el conocimiento por la misma ausencia de experiencias con el frío que rocen con la muerte, por lo tanto la muerte de frío es en Colombia una tragedia anonadada; aquí es una tragedia lógica, y hasta cotidiana del despite. Lo curioso, y que es también una característica que demuestra las diferencias de un lado y del otro, es que también en mi país la gente puede morirse de un despiste, pero no con ello de frío. 

Con estos fríos que bajan y que por lo tanto son un literal presagio latino, se vuelve de verdadera prioridad equiparse con las ropas adecuadas y la información pertinente. La bendición de Dios es procurada solo después de verificar el pronóstico del clima y por su parte las chamarras, sacos, chaquetas, under-wear, medias gruesas y botas se vuelven posesiones de un valor altísimo. Uno puede sentir verdadero amor por quien le regale a uno un par de medias y temerle a los trayectos que superan las dos cuadras de intemperie. 

No obstante, y aunque a su vez llovió, hoy el día se mantuvo educado. Lo que me facilitó salir en mi bici negra, de la cual escribiré después, hacia la casa de Letty y Fernando, que son una pareja mexicana y pastoral de la iglesia Menonita Centro de Alabanza. El viaje tanto de ida como de regreso fue difícil, con el frío lo suficiente civilizado como para ser soportado pero a la vez lo suficiente autoritario como para procurar una llegada sin rodeos. Las calles oscuras de las cinco de la tarde y los carros son una prueba siempre que se sale de casa, además que son avenidas viejas llenas de huecos y parches de cemento que no forman una vía plana sino montañosa.

Me abrió Letty, con un saludo de manta cálida, además que usando esa voz tierna que se suele mal confundir con debilidad pero que en realidad expresa un carácter aplomado. Me invitó a sentarme y me preguntó por si quería café o té. Por Dios, obvio café… bueno, hasta que llega con un pan dulce de México y un tarro de Nescafé instantáneo… ¿y qué té me decías?

Hoy no tengo foto de ella, pero sí la de su pan dulce.

El momento mágico de este día fue ése sin lugar a dudas. Cuando ella me mostró la chamarra que había preparado para regalarme, como conversamos, más una camiseta, pantalón y suéter, esto último para mi sorpresa, más  unas frutas y un té de manzanilla. Un momento especial donde fueron protagonistas al mismo tiempo las dos fuerzas más necesarias de la vida: el calor y el frío. Porque para necesitar calor se debe tener frío, y para tener aliento debe sentirse desaliento, y para sentir cariño debe conocerse la soledad. 

Quiero detenerme un momento en la imagen de esa mujer mirándome desde el otro lado de la mesa, detrás de su computador y sus anteojos que cubren dos ojos agotados. Para repetir el poder que se percibe en su voz suave, la grandeza en su personalidad menuda de mexicana aguerrida a la vida, con corazón sensible y detallista, y que en la conversación que tuvimos me repetía con nostalgia, pero de una forma que me hacía sentir más bien como el testigo de una persona que se repite algo así misma, algo así como un tercero que presencia el eco: “que piense diferente, distinto, no nos hace enemigos; ya sabes, podemos tener puntos de vista distintos pero eso no nos hace enemigos, qué interesante ¿no?”.

Y yo me pregunto ¿a qué se refería exactamente? Porque no parecía seguir el hilo de la conversación de manera lírica, más bien buscaba la oportunidad perfecta para repetir esa revelación con una voz inmolada, conocedora de la vida, asentada y en un sentido floreciente pero algo pírrica, así como los sobrevivientes de un naufragio que viajan a la deriva en un bote con la única luz de una lámpara de petróleo.

Autor: B. Javier Márquez