Capítulo 1

Terminando la cena Paty nos decía a Carlos y a mí que los sabores saben más en Honduras. Me decía: “de ahora en adelante voy a cocinar de éstas para Kevin” y terminaba diciendo que su casa no era tanto de sodas como sí lo era de jugos, recordando aquel día cuando le trajeron, para la celebración del cumpleaños de su hijo mayor, media docena de litros de gaseosa.

Mi reloj marcaba una hora y media -aunque sigue una hora atrasado- y el cielo empezaba a oscurecerse, haciendo de la noche verdaderamente noche en esos que fueron largos días de verano, cuando Paty se puso en pie y dijo “desde que Rosie aprendió español nos entendemos mucho mejor” acariciando al mismo tiempo su pelaje blanco de gata vieja.

SIN LUZ

Al momento de llegar a su casa me di cuenta que algo extraño pasaba porque las personas estaban en la puerta o por la calle. Comencé a vacilar entre un lugar y el otro hasta que una señora sentada en las escaleras de su puerta me ayudó a encontrar el número 946. De hecho, la casa estaba frente a mí, pero el número se había vuelto borroso con los años. 

Le escribí un mensaje a Paty y al instante abrió la puerta. Nos saludamos. Al entrar noté con claridad qué es lo que sucedía en toda la cuadra: la sala estaba oscura y sofocaba, por un corto que había sucedido pocas horas después del medio día. Carlos estaba en el fondo, sentado como si fuera un utensilio más sobre los muebles. Para él era peor, porque no sólo soportaba el calor de la tarde sin la ayuda del AC, además acababa de perder esa mañana una de sus muelas derechas, la anestesia perdía efecto y el hambre le imprimía un deseo suicida por masticar algo. 

CON FUEGO

Recosté la bici sobre un mueble, me descolgué la maleta y saqué la harina de maíz precocida. Paty trajo, proveniente de diferentes zonas de la casa, unos velones amarillos y verdes que usamos para iluminar la cocina y prender el fogón. Entonces empezó el trabajo que nos reunía: la tarea de mezclar la harina con la leche, el agua tibia, la sal y el queso. Con “su-avena y su pitillo”, para evitar grumos, como decimos en Colombia; pensamos por un instante en lo similar que era el proceso de hacer una masa al proceso de preparar el cemento para la construcción. Entonces sentí que un animal me saludaba desde el suelo con un hocico húmedo: era Duke, un perro grande de 5 años.

Sin molde empezamos a darle forma de arepas a la masa, que es la forma de un disco, y las fuimos poniendo una a una en la plancha sobre el fuego a media intensidad. El plan eran 4 pero nos salieron 6. En esos pequeños minutos, a luz de vela y sonido de fuego y olla, daba la impresión de haber calma en el sur de Filadelfia. Preparábamos la cena sin modernidad, hablando de nuestras comidas en cada paìs, Honduras y Colombia; yo le hablaba un poco de los milagros recientemente descubiertos en la comida Indonesa, mientras esperábamos con paciencia el trabajo del fuego para darle vuelta a la arepa. 

LAS CUENTAS NO FALLAN

En la casa de Paty y Carlos casi todos hablan más de una lengua. Paty lleva 25 años en los Estados Unidos mientras que Carlos lleva 21 desde que se vino del Salvador. Además Carlos sabe el lenguaje de la música, que le suma, y lo comparte cada domingo con sus hermanos de la iglesia Menonita Centro de Alabanza. Por su lado, Paty dice que habla español pero entiende muy bien el inglés y Kevin es un joven que podríamos meterlo perfectamente en la categoría de los que tienen dos lenguas madres. 

Lo más extraordinario es la cualidad casi políglota e intimidante de su gata Amanda,vieja y mañosa, que aprendió el inglés en sus años mozos con su primera familia cuando comenzó a reconocer “Come, time to eat”, pero luego tuvo que aprender el español “ven a comer” para sobrevivir en sus años de adulta en la casa de Paty; y de antemano se sabe que siempre a manejado el lenguaje felino con absoluta naturalidad.

Por ahora el inventario es el siguiente: Paty: español-inglés. Carlos: español-inglés y el lenguaje de la música. Kevin: español-inglés. Amanda: inglés, español y el lenguaje de los gatos. Y el perro Duke… hasta el momento no se le ha comprobado otro lenguaje al de ladrar hasta cuando llega la luz y suena que empieza a andar la nevera.

CASUALIDADES

El Salvador y Honduras son países de centro América mientras que Colombia es un país suramericano. Pero no solo nos une el vasto territorio de las Américas, también nos une la familiaridad de buscarle chiste hasta a los dolores de muela, el gusto por las playas y ese gusto frenético que tenemos por las tortillas y las arepas, hermanas mellizas. 

Esta noche comíamos arepas pero el día que conocí a Paty y a Carlos comíamos tortillas luego del servicio dominical de la iglesia. El pretexto era el mismo: la comida; el lugar igual: la mesa; y el objeto el mismo: encontrarnos. 

Autor:  B. Javier Márquez