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UN ENVÍO POSTAL PARA REPRODUCIR INDUSTRIALMENTE

Tercera parte

Nada más faltaba para completar la mañana que tener que aceptar ese café con azúcar. 

Mi prueba reina en el inglés hasta el momento son las tiendas, de pasajes o café, las que sea que me encuentre en las estaciones del tren -perfectamente considerado como el precursor de la cultura estadounidense, su aborigen más destacado-. 

Bien sea porque los vendedores parecen cargar a cada segundo con un afán prematuro inspirado por los cien trenes que llegarán a la estación en el transcurso del día, o porque en mi momento de ordenar traigo conmigo un presentimiento trágico de que ya perdí el tren de mañana sin siquiera haber comprado el tiquete de hoy, resulta que comprender hasta las más básicas expresiones en inglés se convierte siempre en una verdadera odisea. 

Pero hoy hice el esfuerzo de hacerme entender y sobre todo porque no exagero diciendo que era un asunto de vida o muerte. Traté de reunir la mejor parte de mis habilidades adquiridas durante mis meses de principiante en este lugar, en el cual he recogido un buen repertorio de acentos latinos, indoneses y norteamericanos, para pronunciar con toda seguridad la instrucción correcta: “Please, my coffee without sugar… yes, not ‘ssshugarrr’”. 

Pero al final algo pasó, y era que la mujer que me vendió el café tenía dibujado en su mano derecha uno de esos tatuajes Hindúes, que una vez me ofrecieron por dos mil pesos en Bogotá, y el contorno de sus ojos maquillados como los del mismo Brahma; en otras palabras, en su acento hindú mi voz acentuaba lo directamente contrario. 

A pesar de esta reciente derrota que significa el debilitamiento de una de mis más estrictas fronteras, y que además perdí el tren, o peor, quizá compré un tiquete para un tren que ya se había ido, puedo decir que, aunque con retraso, logré llegar a Lansdale de nuevo, y eso se merece un canto de victoria. 

Además en la espera por el siguiente tren, que fue de 56 minutos, mirando el alboroto metódico de la gente, tuve un descubrimiento súbito que esta misma mañana corrobore en Google: mientras la primera línea de ferrocarril en los Estados Unidos fue inaugurada en 1829, nosotros esperamos hasta 1837, cuando en Cuba las frutas y el Tabaco gozaron la inauguración de la primera línea construida en Latinoamérica. Lo que quiere decir que después de todo fue el tren el primero en llegar tarde, para defensa de nuestro caso.

Pero al igual que las mejores victorias, siempre hay alguien más con quien compartirlas. Y hoy fue con mi nuevo amigo Sheldon, quien estuvo monitoreando desde su celular y pendiente para llevarme de la estación hasta la oficina. Si con la palma de las manos se pudiera percibir el sabor del estado de ánimo de una persona, al estrecharnos las manos con el saludo, él habría sabido que hoy llegaba con la emoción agridulce. 

Una paleta de emociones ha usado esta experiencia de vivir lejos de casa para pintarme de sabores de toda clase: agridulces, ácidos, picantes -a veces muy picantes-, amargos, dulces, umamis…

Y comienzo a sospechar, en esa situación de estar sentado en una silla de Suburban Station, viendo pasar los trenes frente a mí y cómo una mariposa café se anda golpeando con la viga desde donde sale el aire acondicionado, que en el fondo escondo una fascinación por esta incapacidad de pronosticar qué exactamente sucederá en mi futuro más inmediato. 

Si se vale esperar más de lo mismo yo paso la prueba. Porque sería lo mismo que esperar más de momentos como el de hoy en el que he sabido qué es sentirse totalmente perdido en un espacio de apenas diez metros cuadrados y con sólo dos opciones de camino; tener que debatirme entre las fronteras de todo el mundo, incluyendo las mías; tener el consuelo de amigos, que si bien no siempre están a mi lado no obstante siempre andan conmigo; y estar susurrando repetidamente hacia mi interior, que es también una manera de hacer un envío postal, “Jesús, Gracias porque sé que estoy aprendiendo”.

Una foto narrada que sí viene al caso:

NEW JERSEY, 11 pm, en alguna playa, bajo algún puente. 

Estamos pescando con Carlos, César y Kevin, salvadoreños, amigos de la iglesia Menonita Centro de Alabanza, quienes me han invitado repentinamente a venir con ellos en un viaje de dos horas, y yo, siempre dispuesto y a la orden, he dicho que sí. 

A estas alturas ya abandoné la tarea y me dedico a escuchar desde la playa el movimiento de las olas. Entonces miro hacia mi izquierda y la luna se descubre de las nubes. Camino hacia esa parte de la playa y me detengo en la orilla. Entonces con mis ojos comienzo a observar un monstruo de dimensiones titánicas. La luz de la luna toca el fondo del horizonte trazando una alfombra de plata sobre las aguas hasta mi orilla. Ahí yo puedo ver todo el océano y escuchar cómo crujen las olas. Me estremezco, me asusto, me maravillo. 

Autor: B. Javier Márquez

 

Capítulo 4

ABISAÍ BERTHELY REYES

Me sumerjo en las notas. Cada una de sus palabras me parecen información significativa, claras como las palabras que se desprenden del buen vivir. 

Entonces lo miro, lo escucho. Antes de empezar me pidió disculpas y en cierto modo permiso para conservar el silencio hasta que no encontrara la respuesta adecuada, las palabras precisas. Es una forma de presentarse: -Así soy yo-.

Mi mano en el bolígrafo y escribiendo, mis ojos escapando furtivamente de las notas para mirarlo y de esa manera prosigo, al derecho y al revés, en ocasiones priorizando uno o lo otro. Lo veo y pienso: “podría comenzar la crónica describiéndolo en la forma que estaba esta noche, y anoto: ojos agotados, suéter verde (el color lo escribo después sobre el renglón), zapatones negros, jean oscuro, camisa gris, barba de dos días”.

La pregunta. Soy tan torpe de permitir que se me escape una pregunta que es más de cierre que de entrada, pero nos sirve para saltar a un tipo de estanque que son las memorias. 

¿Cómo le gustaría que se contara su historia? (existen tantas formas de interpretar esta pregunta, pero ya ni modos).

Es una sorpresa para ambos que esta vez no hayan lapsos prolongados de silencio. Las palabras se deslizan de su boca a una velocidad serena y rítmica.

Él es inmigrante, es latino, mexicano de Veracruz, estudioso y autodidacta. No mencionaré entre la frase principal del párrafo el adjetivo trabajador, porque a esta altura de las publicaciones sobre inmigrantes me parece que es algo más que obvio. 

Dice que en la belleza hay problemas y en la riqueza conflictos. Se enamoró de Estados Unidos y se enamoró en Estados Unidos. Del país por la diversidad de sus gentes, sus colores; y menciona, como algo que lo hace significativamente feliz, que uno de sus mejores amigos es afro.

“El paraíso debe parecerse a esto, con gente de todas partes”, dice Abísaí Bhertely y me recuerda a una sabiduría que recibí hace tantos años en Bogotá por parte de un taita Muisca, que decía que la leyenda del Dorado se basa en un acontecimiento real: “El fuego avisaría a las personas del triste futuro y entonces decidieron esconder su mayor tesoro, las memorias, de modo que los padres y madres de las memorias se convirtieron en pajaritos y volaron a los árboles”. 

Conecto con Abi de inmediato, hay algo que comprendemos mutuamente como latinos, mucho de lo difícil de vivir en otro país no está tanto en las palabras sino en el significado, o sea, en el pensamiento que le da espíritu a las palabras. Abi habla de la riqueza de los Estados Unidos, que se enamoró de ella, lo cual es su forma de decir que se enamoró de las gentes y su diversidad. 

Escucharlo es aprendizaje puro, y más porque en su voz no se encuentra ningún tono dogmático ni aire de profesor. Eso aumenta mi confianza en sus palabras. Entonces se me aclara una idea, una respuesta+, y me tomaré la libertad de confesarlo en este blog. Es sobre el escribir y el cómo escribir. Me han aconsejado que por facilidades de traducción trate de ser más directo, lo que es para mí otra forma de decir, “más ausente”. Pero siendo más ausente o directo, como sea que le digan, no podría ser más mentiroso. Hacer el teatro de que no estuve aquí, y negarme a la verdad de que las palabras de Abisaí, la manera en que compartirmos historias, de alguna manera me cambiaron, hicieron algo bello. No puedo escribir del encuentro a la vez que me desencuentro. Y si fuera de ese modo, entonces ¿para qué se escribe? Galeano, uno de mis escritores favoritos, dijo: “uno escribe para juntar sus pedazos”. 

BUENAS COSTUMBRES

Las buenas costumbres no se quitan. Cuando escucho a Abi hablar sobre su casa de México y su infancia de esfuerzos y humildad, me imagino ese pueblo cuidado por las montañas y el monte , donde las carreteras levantan tierra, los andenes son pasto y la luz del sol es amarilla y cálida. Un lugar con comida de casa que se vende en las esquinas y cada vecino saluda a su vecino en la calle. Ese sitio donde la madre de uno y las madres de todo el mundo, a lo menos, nos enseñaron a saludar.

Hoy Abi va por las calles de Philly y saluda a sus vecinos, pregunta sus nombres y trata de recordarlos. Dice que es un embajador silencioso, con una lucha silenciosa contra los prejuicios. Abi dice que nada es mejor cura para los prejuicios interculturales -y yo digo que para casi todo tipo de prejuicios- que una buena dósis de encuentros reales con las personas. A eso se dedica con su esposa Sarah  Berthely, una estadounidense hermosa que, según su esposo, lo enamoró invitándolo a comer a un restaurante mexicano que queda en barrio italiano y que cocinan la misma comida de su región. Yo le pregunto: ¿y cómo hiciste vos para ganar puntos con ella?

Se ríe, me promete que le va a preguntar. 

También hace alarde de la buena costumbre de recibir milagros y de vez en cuando encontrarse plata, y recuerda que en México tuvo, en época de estudios, muy buenos momentos de fortuna y que ahora, a lo menos, hace unas semanas se encontró un dólar. -Bueno -pensé yo- para no perder la buena costumbre-.

Me confiesa que lo hace feliz ver caras conocidas en las calles de la ciudad y en el subway porque lo hacen sentirse parte de la ciudad. Además suele invitar a sus amigos a comer: asiáticos, norteaméricanos, afros, latinos. Yo soy testigo. 

La comida también tiene identidades y colores. Por ejemplo, Abi me explica que las palabras mole, aguacate y chocolate vienen de la lengua ázteca Náhuatl. Gracias áztecas. Y le pregunto ¿qué es esa famosa comida que llaman gorditas? Me responde: Ahhh… y se le escapa un suspiro. 

Tanto quisiera seguir escribiendo sobre la conversación que tuve aquella noche con Abi por el sur de philly, pero debo parar pronto debido a las limitaciones del medio. Sólo añado sobre el sentimiento de indignación que sintió Abi una vez, y me lo confiesa, cuando fue testigo en una tienda de lo que llamaríamos racismo auditivo. Me quedo además con su frase: “El Dios en el que creo nos ama a todxs por igual”.

Y anuncio que en el futuro escribiré sobre esas cenas que realizan Abisaí y Sarah junto a otras dos familias de la cuadra, algunos de ellos menonitas, y que también parece ser que esconden el mismo objetivo haciendo uso del mismo pretexto: El encuentro por medio de la comida. Cena a la que además estoy gravemente implicado debido a mi costumbre de hablisuelto, y ahora mismo tengo un mensaje que pregunta por la fecha que estaré cocinando para ellos algunas arepas colombianas. Hoy es el tercer día y tengo que responder.

Autor: B. Javier Márquez 

ESTA SUERTE PARECE LA MANO DE DIOS

 

Rápidamente llegamos al estadio de los phillies caminando a paso de desinterés, en lo que a mí respecta y frente a lo que acostumbro siempre que voy a presenciar un espectáculo futbolístico. En el fondo se escuchaba la música del juego iniciado diez minutos antes -ah, ese órgano-, pero la gente andaba por todos lados, como ovejas descarriadas; boleta paga y comida servida. Nosotros tuvimos hasta tiempo de tomarnos una foto, discutir sobre el mercado que parecía el estadio, un sitio donde quizá el cristo del fútbol habría causado un escándalo; pero aquí en la tierra más fecunda de deportes era al parecer el objeto, desplazando al béisbol a la grada de las simples excusas. 

Después de 40 minutos de strikes, comerciales y saludos a la cámara yo ya empezaba a ser una presa más de ese tipo de amor que predican los viejos, que anuncian la venida del reino de la madurez y recompensan la fascinación por el sosiego y la parsimonia. Cuando de repente llegó el ‘home-run’ -¡llegó el ‘home-run’!- y estalló el estadio. Todo lo anterior, el camino de casa hasta acá, las boletas, las palomitas y la paciencia -sobre todo la pacienciáa-, pertenecían ese justo momento -yo era nuevo y no lo sabía-; todo lo pagaba ese batazo providencial del jugador que auguró la canción de rock.

Seis meses atrás yo estaba en Colombia, necesitado de esa misma actitud de espera mansa y labriega que posee a los aficionados del bate y la pelota, mientras me consumía la ansiedad ávida de deseo que invade hasta a los hinchas más refinados del fútbol. Y entonces pasó lo mismo, un ‘home-run’ -amigos de infancia, aprendí que no es ‘hong room’-. La jugada que lo pagaba todo, la que llegaría en cualquier momento pero sobre todo hacia el final, envuelta en un sobre de mensaje digital que me enviaban Matt y Kristin:

“Buen día Javier, esperamos que estés bien. Te escribimos para informarte sobre una oportunidad para tu año en IVEP. La coordinadora internacional cree que sería una buena oportunidad para tí. La organización es Franconia Mennonite Conference y la posición es Intercultural Communication Associate”.

Enseguida cuadramos una entrevista que al final salió de maravilla. Me parecía que les estaba gustando la novelería cómica de mi inglés criollo y por mi parte podía sentirme felizmente cómodo con ese encuentro dígital que yo empezaría a considerar como de bienvenida y no, como se me había introducido, de selección. Desde entonces Franconia se convirtió en el acontecimiento más importante de mi año superando la navidad… yo ya era tan de Franconia, sin siquiera haber abordado vuelo ni tener visa…

«En el estadio de béisbol estudiaba la pantalla gigante mucho más que los movimientos de los jugadores. Y mi sorpresa por las gambetas futboleras era remplazada por mi sorpresa a las estadisticas deportivas de cada jugador; ¿tan difícil era realizar un ‘home-run’ que había jugadores con apenas dos en muchos años de carrera? Mientras había números en algunas fichas que exigían al menos uno por juego a rebuscados jugadores indicados por el mismísimo dedo de Dios ¿a otros habría que acuñar el prodigio a las reservas de los milagros de la fe? 

Seguramente lo mío con Franconia era de estos milagros de la fe. Yo no tenía ni por las curvas -ni cerca- una idea vaga de qué era Franconia Conference y ni siquiera estaba entre mis más de 50 opciones de trabajo que MCC me había enviado en el diciembre del 2018. Sólo había llegado, tan ideal como una relación sentimental sospechosa, y me tenía saltando de un pie. 

Entonces el sentimiento me mereció la solemnidad del más sincero agradecimiento a Dios y a la vida ¡Cuántas oraciones y deseos con los años, desde esa Suacha nuestra, por poder trabajar con comunidades inmigrantes a la vez que hacía este oficio que estudio! En Colombia decimos ‘como caído del cielo’. Así que ¿por qué estoy acá?, porque después de todo soy un simple suertudo con un buen amigo que de hobbie suele contar las hojas que caen de los árboles. 

-Dato personal: Me pareció hasta medio ofensivo, a pesar que es a la vez un maravilloso rasgo de identidad, que en otro correo, luego de la video llamada con Franconia, MCC me escribiera algo así como: ‘¿Cómo te pareció el trabajo? ¿Sí te gustó? Porque si quieres podemos mirar otras opciones’.

Pdta: Gracias Hendy por comprar esas boletas y venir conmigo al estadio. 

Autor: B. Javier Márquez 

UN MISMO PLATO

Segunda parte

SE DA AVISO A LA IGLESIA SOBRE EL ABURRIMIENTO GENERALIZADO

Se puede decir que la historia de Jenna y Chema Villatoro se debe también a ese sentimiento justificablemente arraigado en los latinos de protestar frente a cada nuevo movimiento de los gobiernos. Así, sucedió para fortuna de ambos, que la Empresa ‘Energuate-Luz de mi Tierra’, administradora de la corriente eléctrica en Huehuetenango, se le ocurrió subir las tarifas, así como pasa casi nunca, y los Guatemaltecos resolvieron pacíficamente no pagar la tarifa. 

Esto desencadenó una larga temporada de noches totalmente oscuras en el pueblo natal de Chema Villatoro, que es Camojá – en lenguaje maya: árbol grande de aguacates-, a excepción de muy contados lugares como la iglesia Mi Redentor Vive, cuyo edificio con planta eléctrica por aquellos días fue literalmente una luz en la noche, y su entrada libre le jugó a favor provocando que una ola inesperada de jóvenes muertos, no de espíritu sino de aburrimiento, terminaran pasando las noches reunidos en su salón principal. 

Así fue que se vivió una necesidad eléctrica en el pueblo de Chema por aquellos días, inspirada quizá por la misma sucesión del destino que ocasionó que, en una de estas noches de velada, el celular de su amigo Renardo estuviera totalmente descargado, en ese exacto momento y preciso lugar, para que así fuera Chema y nadie más el que se viera intempestivamente apremiado con el deber de anotar el número telefónico de la profe Jenna, como quien no quiere la cosa, y a pesar de no ser él el preguntón original. 


Entonces la poca luz y las posteriores clases de inglés jugaron su papel en esta historia, como fichas puestas en el tablero. Pero si usted es de los que no creen en el destino, le complacerá saber que Jenna Villatoro también sigue argumentando que el día que conoció a Chema fue víctima de una operación meticulosamente planeada. 

EL PRESENTE

Hoy Jenna y Chema son una joven pareja que vive en su nueva casa de south Philly. Sirven en su iglesia Philadelphia Praise Center, una congregación casi totalmente Indonesa, y que es liderada por el pastor Aldo Siahaan. Jenna trabaja además en MCC mientras que Chema trabaja para una empresa que realiza cuidado de exteriores. 

Jenna fue la primera en vivir ese río de experiencias agridulces que experimentan los inmigrantes cuando están en un país lejano al suyo, años atrás cuando fue a servir a Guatemala como profesora de inglés.

 Pero el extranjero ahora en los Estados Unidos es Chema. Los primeros meses los vivió en un pueblo llamado Norristown que está igualmente en el Estado de Pennsylvania, y fue en Norristown donde nos encontramos para conversar en una buena panadería, conocida por Chema desde los primeros días, con pan diferente pero tan bueno como el que prepara cada día su mamá en Guatemala.

Norristown, así como muchos otros pueblos de esta zona del país, es un lugar con una población numerosa de inmigrantes que vienen de parte de todo el mundo. En una sola cuadra se puede vivir cierta jaqueca con tanto aviso de comidas de todas partes, y frustración si eres de afuera y sabes que el tiempo es corto y sólo se tiene la capacidad estomacal para escoger un lugar.

LAS PALABRAS

En este pueblo Chema conoció a Oliver, un inmigrante de Bolivia, quien le diría en algún momento “ El idioma simplemente te cambia todo. Sólo después de dos años sentirás que volverás a ser tú de nuevo, porque sólo después de ese tiempo comenzarás a sentirte cómodo con el lenguaje”. 

Un inmigrante descubre que las palabras con las que decimos, siempre nos estuvieron diciendo. Siempre nos estuvieron creando. Mucho del idioma que nos enseñó nuestra madre hace parte de la materia de nuestra alma.

 Y si llegas al tercer país con la mayor población del mundo, frente a la complicada realidad que, por lo pronto, no vas a poder profundizar ni en el clima, no vas a poder preguntar correctamente cómo llegar a algún lado, ni siquiera vas a poder “hacerte el gracioso”… y además la ironía estará siempre como una sombra: jamás en tu vida aprendiste tantas nuevas palabras al mismo tiempo que nunca tuviste que estar tan callado…

Mucho de lo que es ser inmigrante se comprende con esa palabra: Silencio -¿sombra?-. Es un ser que desea tanto la profundidad del lenguaje para poder comunicarse, para poder conectar, pero los pulmones no le alcanzan. 

FRIENDS

Hendy Matahelemual es otro inmigrante que viene de Indonesia. Fue además una de las primeras personas que conoció el autor de este blog; Hendy, como un inmigrante con muchos consejos, me recomendó algo interesantemente sabio para introducirme en este nuevo universo de palabras: “Necesitas ver la serie FRIENDS”. Sí, la misma serie de 10 temporadas donde actúa una Jennifer Aniston debutante y se oyen risas pregrabadas cada 30 segundos. 

Pero la razón es profunda: “No sólo basta con aprender las palabras, también debes entender su significado; si aprendes qué los hace reír, los conocerás”. 

Chema no vio esta serie, pero también reconoce el valor del humor. La falta de comunicación es el muro más grande al mismo tiempo que las palabras son la materia principal para construir los puentes. Y es el caso de una gran cantidad de inmigrantes que uno de sus primeros objetivos es construir ese puente, incluso cuando, en medio de ese empeño, han tenido que renunciar en muchos sentidos de sí, trabajar por ejemplo en cosas nada cercanas a sus oficios o preparaciones. 

Las palabras, el destino, la fe, el trabajo, los amigos, son los remos de éstas vidas. Chema recuerda que gracias a que pudo trabajar por un verano como profesor sustituto y, de esta manera, gracias a la solidaridad inocente de los niños logró superar la gran prueba de la inseguridad al hablar en otro idioma. 


Cuando se habla con Jenna y Chema algo es seguro: son dos personas de fe y de amigos. Se deben a ambos. O si no pregúnteles por aquella vez que en Guatemala, frente a la inminente vuelta de Jenna a los Estados Unidos, Chema organizó una cena especial y en el instante de abrir la puerta de su casa lo primero que las velas iluminaron fue el hocico alegre de su amigo  y mascota Lucas, que comía de uno de los platos servidos.

 ¿El perro también era parte de esta conspiración romántica?

Autor: B. Javier Márquez

 

TRADUCCIONES

Primera parte 

Me parece que ya es tiempo de compartir a modo de sincero cuidado algunas recomendaciones enormemente útiles para cualquiera que planee tener en Philadelphia una estadía más larga que un viaje vacacional. 

Si usted sigue los consejos a continuación descritos al pie de la letra, puede que no le salven la vida en el sentido más dramático, pero estoy seguro que después estará agradecido; no obstante, si es su deseo, el camino directamente opuesto es probar y, siendo el caso, por favor cuéntenos qué reacciones recibe. 

Vamos con el primero, y notará que tienden todos a estar relacionados con el idioma: por favor, cuide su pronunciación y no siempre haga traducciones estrictamente directas; escuche los ejemplos, cuídese de pronunciar cuando esté agotado: “I need a Breast”, puesto que en vez de decir “necesito un descanso”, en cuyo caso la palabra correcta sería “Rest”, va a terminar diciendo “necesito un seno.

También mucho ojo con la palabra hamburguesa, usted no quiere decir “Bugger”, usted quiere decir “Burger”, así se va a salvar de decir “¡Me encantan sus mocos!”.

Además existe una tremenda diferencia entre las palabras “roomate” y “partner of bedroom”. Averigüen, yo sé por qué se los digo. 

Si quiere ensayar su inglés para ordenar comida asegúrese de ir a un restaurante donde no se hable ningún inglés sospechoso; haga las del espía y escuche bien el acento, no sea que usted, como Chema, quiera algo bastante norteamericano como una Pepsi y los meseros chinos terminen sirviéndole algo tan indio como un té. 

Y por último, y lo más importante, por favor, ¡asegúrese siempre, antes de entrar a su casa, de estar metiendo la llave en la puerta correcta! 

Si no sigue este último consejo créame que las consecuencias serán mucho peores. Usted en menos de dos minutos puede verse rodeado por dos hombres muuuy altos y fornidos, sufrir de migraña por la tempestad del cólera de una mujer bastante furiosa y probablemente asustada, que envía fogonazos de relámpagos con cada grito, en un idioma que apenas está comenzando a entender. 

Y sobre todo, la recomendación más importante dentro de la más importante, sólo por si las moscas -por casualidad-, por más verano que sea, procure no haber comprado un helado de fresa cinco minutos antes. Porque no sólo va a comenzar a sospechar que al final de su segundo día de trabajo va a tener que llamar a su jefe para que lo recoja de la estación de policía, sino también su brazo derecho va a comenzar a sudar crema. 

Lo bueno es que en mi caso tuve suerte y logré hacer que entendieran, o mediocremente entendieran, que fue un error, que no es mi culpa que su puerta sea tan blanca como la de Jenna y Chema Villatoro, que no entiendo cómo pueden tener el mismo número en la dirección y que ahora simplemente estaba perdido, quizá en la misma cuadra y frente a la casa más idéntica del mundo. 

Cuando por fin hallé la casa correcta, o mejor dicho, la casa correcta me halló a mí, lo supe inmediatamente sin siquiera revisar el número de dirección: en su puerta se leía un letrero grande, escrito en los dos idiomas que habla la feliz pareja: “WELCOME/BIENVENIDOS”. 

 

LO QUE NOS HACE SER

 

¿QUÉ HACÍA ANTES DE VENIR A SERVIR?

Crecí en San Nicolás, un pequeño barrio al sur de la parte urbana del municipio de Suacha. Si pensamos que Suacha es un tejido extenso, como efectivamente lo es, diría entonces que vivía justo en ese punto que se unen dos líneas de colores distintos, no en medio de, sino entre la zona rural y la parte urbana.

Crecí como cualquier niño, haciendo tareas en la tarde para el día siguiente y tratando de ganarme las dos o tres horas de salida que quería para jugar; no comprendía a fondo la razón de las prohibiciones, tan solo trataba de acatar las órdenes la mayor parte de tiempo. Pero crecía y “acatar” era cada vez más difícil. Entonces ya no eran suficientes los sitios ordinarios, para vivir eran necesarios esos sitios aledaños, que consideraba fronterizos, los que estaban justo detrás del muro de un metro con cincuenta. 

San Nicolás parece un pequeño refugio, está cercado por todas partes, con dos puntos de acceso, dándole un cierto aire de canasta rota. De sur a norte se levanta un muro de piedra cuya altura varía de un metro a los tres. Mientras que desde el lado sur hasta el punto occidental existe un alambrado de púas y, del mismo modo, en el lado oriental, los muros traseros de tres fábricas. Las puertas están en el punto norte y oeste. Gracias a estos muros y el alambrado logré aprender con los años lo que significa la expresión: propiedad privada. 

Sí, no era un asunto de seguridad como había aprendido de niño, era que todos los árboles que veía del campo, los cuales iban desapareciendo progresivamente, le pertenecían a alguien con el apellido Pastrana; el río no se escapaba de sus bastos dominios, mucho menos la sombra bajo la cual descansamos cada vez que de niños hacíamos lo indebido y saltábamos el muro (que se hacía cada vez más alto, puede que por nuestra culpa); ni la orilla del río que yo empecé a correr todos los sábado como un convicto cuando en realidad estaba corriendo por correr simplemente, nada se escapaba de sus dominios… excepto yo. 

Fueron veinte años en medio de esos muros y veinte años simplemente traspasándolos, haciendo alarde de esa natural rebeldía. Y fue justo en ejercicio de esta labor: jugando entre los árboles más allá del muro y trotando en el río mientras me abría camino a través de las púas, que empecé a encontrar parte de mi impulso propio, un indicio de sentido para la vida. 

Entonces comencé a prestar más atención a una simple palabra: Puente. Como si el resultado de una cotidiana y regular forma de vivir, venida a demás de un joven común y corriente, luego de años hubiese gestado, no tanto con teoría sino con ritmo, significado, o por lo menos sentimiento, a esa palabra corriente, venida a diario a nuestro lenguaje sin el mayor brillo.

Antes de venir como Iveper, ya estaba recorriendo el cuerpo de esa palabra como un caminante se entrega a la montaña, como Neruda y la mirada distante de ella: ‘Inclinado en las tardes tiro mis tristes redes/ a tus ojos oceánicos. Allí se estira y arde en la más alta hoguera/ mi soledad que da vueltas los brazos como un náufrago’.

Y así en cada espacio. En la iglesia, siendo parte de una comunidad de fe que a diario tiene un diálogo con sus propias formas y que busca la luz del espíritu que se abre paso en medio de la comunidad. En mi familia, tan humana y humilde, llena de luchas y necesitada de reconciliaciones. En la universidad con tanta batalla de discursos y militancias teóricas que muchas veces desconocen, solo porque no comprenden, el pensamiento nuevo, la genuina creatividad, el avance a partir de nuevos lugares, sin necesariamente acudir a orillas o escoger lados del muro. 

Por eso he escrito de esta manera un blog que preguntaba inicialmente sobre ¿Qué hacía antes de venir a servir? -sabemos que en el fondo de las cosas podemos encontrar el espìritu del artesano- Para, en vez de rendirme ante la simpleza, además bastante jarta, de construir una lista poco musical, un curriculum, de lo que he hecho en mi país, intentara sobre todo comprenderlo, escarpar por el significado, o masticarlo y botarlo en tierra, como ya lo hacían nuestros padres indígenas con la hoja de coca, hace miles de años conscientes que todo va y todo viene. 

´UN DATO DE DIGNIDAD Y VERDAD: LA HOJA DE COCA ES ALGO TOTALMENTE DISTINTO A  ESA SUSTANCIA PODRIDA QUE TIENE EL NOMBRE DE COCAÍNA Y QUE ADEMÁS NOS HA ESTIGMATIZADO GRAVEMENTE ANTE LOS OJOS DEL MUNDO. COLOMBIA, TERRITORIO INDÍGENA.

Autor: B. Javier Márquez 

Capítulo 1

Terminando la cena Paty nos decía a Carlos y a mí que los sabores saben más en Honduras. Me decía: “de ahora en adelante voy a cocinar de éstas para Kevin” y terminaba diciendo que su casa no era tanto de sodas como sí lo era de jugos, recordando aquel día cuando le trajeron, para la celebración del cumpleaños de su hijo mayor, media docena de litros de gaseosa.

Mi reloj marcaba una hora y media -aunque sigue una hora atrasado- y el cielo empezaba a oscurecerse, haciendo de la noche verdaderamente noche en esos que fueron largos días de verano, cuando Paty se puso en pie y dijo “desde que Rosie aprendió español nos entendemos mucho mejor” acariciando al mismo tiempo su pelaje blanco de gata vieja.

SIN LUZ

Al momento de llegar a su casa me di cuenta que algo extraño pasaba porque las personas estaban en la puerta o por la calle. Comencé a vacilar entre un lugar y el otro hasta que una señora sentada en las escaleras de su puerta me ayudó a encontrar el número 946. De hecho, la casa estaba frente a mí, pero el número se había vuelto borroso con los años. 

Le escribí un mensaje a Paty y al instante abrió la puerta. Nos saludamos. Al entrar noté con claridad qué es lo que sucedía en toda la cuadra: la sala estaba oscura y sofocaba, por un corto que había sucedido pocas horas después del medio día. Carlos estaba en el fondo, sentado como si fuera un utensilio más sobre los muebles. Para él era peor, porque no sólo soportaba el calor de la tarde sin la ayuda del AC, además acababa de perder esa mañana una de sus muelas derechas, la anestesia perdía efecto y el hambre le imprimía un deseo suicida por masticar algo. 

CON FUEGO

Recosté la bici sobre un mueble, me descolgué la maleta y saqué la harina de maíz precocida. Paty trajo, proveniente de diferentes zonas de la casa, unos velones amarillos y verdes que usamos para iluminar la cocina y prender el fogón. Entonces empezó el trabajo que nos reunía: la tarea de mezclar la harina con la leche, el agua tibia, la sal y el queso. Con “su-avena y su pitillo”, para evitar grumos, como decimos en Colombia; pensamos por un instante en lo similar que era el proceso de hacer una masa al proceso de preparar el cemento para la construcción. Entonces sentí que un animal me saludaba desde el suelo con un hocico húmedo: era Duke, un perro grande de 5 años.

Sin molde empezamos a darle forma de arepas a la masa, que es la forma de un disco, y las fuimos poniendo una a una en la plancha sobre el fuego a media intensidad. El plan eran 4 pero nos salieron 6. En esos pequeños minutos, a luz de vela y sonido de fuego y olla, daba la impresión de haber calma en el sur de Filadelfia. Preparábamos la cena sin modernidad, hablando de nuestras comidas en cada paìs, Honduras y Colombia; yo le hablaba un poco de los milagros recientemente descubiertos en la comida Indonesa, mientras esperábamos con paciencia el trabajo del fuego para darle vuelta a la arepa. 

LAS CUENTAS NO FALLAN

En la casa de Paty y Carlos casi todos hablan más de una lengua. Paty lleva 25 años en los Estados Unidos mientras que Carlos lleva 21 desde que se vino del Salvador. Además Carlos sabe el lenguaje de la música, que le suma, y lo comparte cada domingo con sus hermanos de la iglesia Menonita Centro de Alabanza. Por su lado, Paty dice que habla español pero entiende muy bien el inglés y Kevin es un joven que podríamos meterlo perfectamente en la categoría de los que tienen dos lenguas madres. 

Lo más extraordinario es la cualidad casi políglota e intimidante de su gata Amanda,vieja y mañosa, que aprendió el inglés en sus años mozos con su primera familia cuando comenzó a reconocer “Come, time to eat”, pero luego tuvo que aprender el español “ven a comer” para sobrevivir en sus años de adulta en la casa de Paty; y de antemano se sabe que siempre a manejado el lenguaje felino con absoluta naturalidad.

Por ahora el inventario es el siguiente: Paty: español-inglés. Carlos: español-inglés y el lenguaje de la música. Kevin: español-inglés. Amanda: inglés, español y el lenguaje de los gatos. Y el perro Duke… hasta el momento no se le ha comprobado otro lenguaje al de ladrar hasta cuando llega la luz y suena que empieza a andar la nevera.

CASUALIDADES

El Salvador y Honduras son países de centro América mientras que Colombia es un país suramericano. Pero no solo nos une el vasto territorio de las Américas, también nos une la familiaridad de buscarle chiste hasta a los dolores de muela, el gusto por las playas y ese gusto frenético que tenemos por las tortillas y las arepas, hermanas mellizas. 

Esta noche comíamos arepas pero el día que conocí a Paty y a Carlos comíamos tortillas luego del servicio dominical de la iglesia. El pretexto era el mismo: la comida; el lugar igual: la mesa; y el objeto el mismo: encontrarnos. 

Autor:  B. Javier Márquez

 

EL BLOG DE LAS PEQUEÑAS COSAS

 

No es este exactamente un blog dedicado a la música de Latinoamérica, aunque sí la ambición de reproducir un gusto similar a los sonidos que recorren estas tierras de recónditos caminos y sentidos igualmente exóticos. 

Sonidos evocados por la misma fertilidad de las almas que tienen su fugaz existencia en esta parte del continente, entre una naturaleza en contraste viva y desoladora, y nos hace percibir con asombrosa facilidad una variedad de sensaciones que originalmente provienen de las sustancias de la vida, como lo son el aire, el murmullo del mar o del río, los pasos bailadores, la nostalgia y la fascinación del corazón.

Pero sí recurro a uno de sus clásicos como lo hizo de la misma forma un estudiante prematuro y un maestro experimentado. Un clásico compuesto por los poetas y músicos argentinos César Isella y Ármando Tejada, por allá en los años del siglo pasado: “Canción de las simples cosas”, y que fue a través de la voz potente y dulce de Mercedes Sosa, también argentina, que esta canción pudo viajar desde el sur hasta las montañas de Colombia y así serme posible escucharla por vez primera.

Esta canción profetiza “Uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida”, haciendo referencia, según entiendo, a aquellos sitios donde caminamos en algún momento mientras respiraba el alma; los mismos sitios que nuestro recuerdo llama, muchas veces sin hacerlo específicamente texto, hogar; y más adelante nos dice, como el consejo de una abuela a su nieto: “Demórate aquí a la luz mayor / de este mediodía, / donde encontrarás  / con el pan al sol la mesa tendida”. 

Entonces, se me ocurrió la idea de este blog para la Conferencia de Franconia, donde buscaré ser un cazador de estas simples cosas que conviven con nosotros y nos otorgan constantes manantiales de significados y que están presentes en la vida diaria de nuestros hermanos de la vida , que es todo ser humano, y por supuesto, están presentes también en el diario vivir de nuestros hermanos menonitas. 

Y puede que llegue más lejos, como el resultado de un impulso aleatorio de la buena suerte o un regalo de la divinidad, y logre hacer de las líneas y párrafos en este blog una metáfora … no, mejor que una metáfora, una expresión sensible de lo que contiene en significado esa práctica histórica de mantener la puerta abierta y compartir la mesa. 

 

Autor: B. Javier Márquez.

Capítulo 2/Chapter 2

 

PICANTE Y COMIDA INDONESA EN EL SÓTANO DEL 1232 DE TASKER ST 

 

El pasado domingo 13 de octubre se podía ver cómo las personas que viven en el sur de Philadelphia asistían al sótano de la iglesia menonita  Indonesian Light Church llenos de un ánimo devoto y comprometido, como cualquier feligrés ¿La razón? La venta de comida Indonesa, que a impulso de sus sabores asiáticos y su competitivo picante, toma cada vez más fuerza entre los vecinos de esta zona de la ciudad.

El propósito de la fiesta-banquete indonés fue recoger fondos necesarios para esta comunidad de fé, que desde el viernes estuvo trabajando en cada casa, sobre cada fogón hogareño, para contar al final con una carta variada y rica en sabores típicos de esta tierra que es también el archipiélago más grande del mundo.

 Es desafortunado que ahora sea demasiado tarde para comprar algo, no obstante el autor de este artículo, que además es un nuevo fan de esta cocina, se da el permiso de publicar los nombres de los platos para que los lectores puedan anotarlos en su tablero de las oportunidades perdidas: Soto Betawi, Cireng, Bubur Ketan Hitam, Bala-Bala, Cendol, Pisang Coklat/Keju.

Ayudan todos y todas. Marina, una de las protagonistas, me escribe: -Me siento feliz porque con el talento que Dios me ha dado, estoy contribuyendo con el Reino de Dios. Para mí esto es muy importante porque actualmente no hay muchas cosas que yo pueda hacer por el ministerio, pero yo puedo bendecir a otros cuando cocino-. A Marina la hace feliz ver cómo cada uno, con sus diferentes talentos y su buena voluntad, puede servir como parte del cuerpo de Cristo. Marina no es médica, pero como mujer y buena cocinera, sabe bastantes secretos del alma y sabe que la comida puede: -hacernos sentir como en casa; es una cura para la nostalgia-.

Aquel día fue un encuentro familiar e intercultural. Como los grandes eventos el rumor voló generando un tornado de visitas, no sólo Indoneses sino personas de diferentes partes del globo terráqueo. Fue un concierto de buenos sabores y buenas sonrisas.

PREMIOS DEL DÍA:

BRONCE: 

La medalla de bronce es sin duda para Judah, por esta fotografía que lo descubre como un niño con madera artística. No es una foto perfecta pero si tenemos en cuenta que había muy poca luz y que las manitas de Judah no le alcanzaban para sostener la cámara y al mismo tiempo tomar la foto, entonces sin dudarlo le daremos los puntos que se merece. 

PLATA: 

La medalla de plata es para el pastor Hendy -el fantasma: esta foto fue tomada mucho tiempo después, porque aquel día Hendy Matahelemusl tuvo que entregar comida más rápido que cualquier vendedor de pizza en la ciudad y me fue imposible encontrarlo desprevenido. Sin embargo aquí les dejo esta foto para que se familiaricen con los gustos estéticos y el estilo moderno de Hendy. Made in IKEA store. 

ORO: 

La medalla de oro es sin duda alguna para la hermana Marry, por ese talento medio enigmático de estar siempre en el sitio correcto ¿cómo lo hace? ¿Será un super poder?

SPICY INDONESIAN FLAVOR IN THE BASEMENT OF 1232 TASKER ST

Last Sunday, October 13, neighbors living in south Philadelphia went to the basement of Indonesian Light Church (Mennonite church) full of a devoted and committed feeling, like any parishioners would have. The reason? The sale of Indonesian food, which, because its Asian flavors and its spicy appeal, has become more and more popular among the residents of this area of ​​the city.

The purpose of the Indonesian feast-banquet was to collect necessary funds for this faith community. Since Friday, church members were working in each house, on each stove, to have a varied menu rich in the flavors of this land, that is also the largest chain of islands in the world. Unfortunately, today it is too late to buy something, however the author of this article, who is a new fan of this cuisine, has been given permission to publish the names of the dishes so that readers can save them on their dashboard of missed opportunities: Soto Betawi, Cireng, Bubur Ketan Hitam, Bala-Bala, Cendol, Pisang Coklat/Keju.

Everyone helped. Marina, one of the cooks, wrote to me: “I feel happy because, with the talent God has given me, I am contributing to the Kingdom of God. For me this is very important because there are currently not many things I can do for the ministry, but I can bless others when I cook.” Marina is happy to see how each person, with their different talents and goodwill, can serve as part of the body of Christ. Marina is not a doctor, but as a woman and a good cook, she knows many secrets of the soul and knows that food can “make us feel at home; It is a cure for nostalgia.”

That day people came together as a family, across differences of culture, religion, and language. Like every big event, rumors flew, generating a tornado of visits–not only by Indonesians but also by people from different parts of the globe. It was an explosion of good flavors and good smiles.

PRIZES OF THE DAY:

BRONZE:

The bronze medal goes undoubtedly to Judah, for this photograph that reveals him as a child with an artistic eye. It is not a perfect photo, but if we consider that there was very little light and that Judah’s hands were not big enough to hold the camera and at the same time take the photo, then without hesitation we will give him the points he deserves.

SILVER:

The silver medal goes to Pastor Hendy – the ghost: this photo was taken a long time later, because during the day, Hendy Matahelemual had to deliver food faster than any pizza delivery guy in the city; it was impossible for me to find him off duty. Here I leave you this photo to familiarize yourself with the aesthetic tastes and modern style of Hendy (taken in Ikea). He deserves rest.

GOLD:

The gold medal is, without a doubt, for Sister Marry, because of that enigmatic talent of always being in the right place. How does she do it? Is it a superpower?

Autor: B. Javier Márquez

Traducción: Emily Ralph